viernes, 17 de junio de 2016

La Ciudad Sofocante

Nombres, destinos, oficios, todo convive imperceptible entre las individualidades suprimidas por la inmensidad abrumadora de la ciudad. Los horizontes se extienden incalculables hasta el terreno salvaje, indomable, desconocido. La oscuridad es tan densa que se adueña de todo. Avanza rápidamente por cada campo, pasando por los puentes, tomando las fábricas, las calles, el subte, los barrios, los cafés y las pizzerías, el baño de la estación de servicio y ésta misma habitación.
Nada escapa al agobio, salvo los pisos más altos de esos rascacielos que, paradójicamente, aumentan la sensación de opresión, de inutilidad, de intrascendencia que domina el espíritu que alguna vez se creyó protagonista de ésta historia.
La verdad es una sola, y es que el hombre es carcelero del hombre, y que no basta imaginarse libre para serlo.


Son dos verdades.