martes, 13 de abril de 2010

El Capitalista

Siempre se dijo que serìa suficiente con lo mìnimo. Se dijo que no necesitarìa mas de lo indispensable, pero cuando lo obtubo, lo indispensable era otra cosa. Ya no le alcanzaba lo que tenìa, y lo que antes era mucho ahora era demasiado poco. Se daba cuenta que era una carrera capitalista, pero no podìa hacer nada, ya habìa caìdo en el juego y se sentìa.. se sentìa carente.

Le dejò de importar lo que pensaran de èl, ya no le importaba nadie. Si alguien tiene o no, pensò, es gracias a uno mismo y lo que hace para sì. De esa manera empezò a despreciar al que no tenìa. Ahora los veìa como vagos, lacras, insectos chupasangre.

Quizo destacarse de los demàs, sin darse cuenta que habìa otros como el, y que cada vez se confundìa màs entre gente que pretendìa lo mismo. Primero viò a esa gente como algo mejor, pero a medida que progresaba se diò cuenta que no son màs que insectos chupasangre, que triunfan a costa de otros.

Quizo destacarse de esa gente y pretendiò hacer su propio camino, se convirtiò en socio de una firma muy importante. Se abriò camino en el mercado, aplastando a los màs dèbiles y amasando fortunas.

Se volviò desconfiado, sobre todo con su dinero. Sospechaba que su mujer le quitaba dinero mientras èl no estaba, asì que depositò todo en un banco. Llegò a desconfiar de su socio, pensaba que èste hacìa trabajos independientemente de la empresa, asì que èl hizo lo mismo. Se abriò una nueva agenda, donde cerraba tratos con clientes de la empresa y ofrecìa mejores servicios de los que pensaba podìa ofrecer su socio.

Al poco tiempo su mujer lo abandonò. A èl sòlo le preocupaba los beneficios que ella podìa obtener por el divorcio. Afortunadamente ella no reclamò nada.

Unos años despuès se descubrieron sus negocios por izquierda y fuè expulsado de la empresa. Se viò envuelto en un juicio que le costò una fortuna en ahorros. En el banco ya no quedaba nada. Se obligò a vender sus autos para cubrir unos prèstamos. Sòlo le quedaba su casa.

Pasaron los años y cada vez era màs difìcil conseguir empleo. Se habìa convertido en una persona pùblica y todo el mundo sabìa lo que habìa hecho. Los años pasaron y los impuestos se acumularon. En poco tiempo se viò ante un Juez, que resolvìa rematar los bienes que quedaban. - Señor Juez, no me puede quitar èsto, es lo ùnico que me queda.- dijo èl. El Juez se acomodò en su sillòn, lo mirò con desprecio y dijo - Escùcheme, pero hàgalo bien. Usted señor, en todos sus años de empresario dejò a mucha gente sin nada, se aprovechò de la confianza de su socio mientras le robaba a sus espaldas, se diò la gran vida en su mansiòn sin pagar ni un solo impuesto. Y mìrese ahora, suplicando como si fuera un niño, por algo que construyò con dinero que no le pertenecìa. Esta casa no le pertenece, sus deudas sobrepasan su valor, por lo tanto es màs del Estado que suya. Extraoficialmente señor, le digo que aborresco a gente como usted. Es un vago, una lacra, un insecto chupasangre que triunfò a costa de otros. No se merece que le deje nada.-

Asì el hombre se quedò en la calle, sufriendo y con frìo. Se sentìa carente, y pensò que volverìa a sonreìr si tuviera lo mìnimo indispensable.