Me despierto harto del mundo, de las personas, de los cánones y del sentido común. Me dirijo descalzo hacia la heladera, lo único que tengo es una cerveza por la mitad sin gas. Me parece el desayuno perfecto. El alcohol me atolondra un poco. Sin meditarlo me calzo los zapatos y salgo a la calle. Si llego antes del mediodía a la casa del dealer quizás no me peguen un tiro. El barrio es peligroso, más me vale ir temprano. Compro un gramo de cocaína y me tomo la mitad en la primer esquina que veo. Ahora sí, se supone que el dolor de cabeza se me vaya, aunque siento las punzadas cada vez más enfurecidas. Camino rápido, sin rumbo. En principio quiero salir de aquí, aunque no tengo claro lo que haré después. Desayuno de campeones.
viernes, 20 de agosto de 2021
Desayuno de campeones
Me despierto harto del mundo, de las personas, de los cánones y del sentido común. Me dirijo descalzo hacia la heladera, lo único que tengo es una cerveza por la mitad sin gas. Me parece el desayuno perfecto. El alcohol me atolondra un poco. Sin meditarlo me calzo los zapatos y salgo a la calle. Si llego antes del mediodía a la casa del dealer quizás no me peguen un tiro. El barrio es peligroso, más me vale ir temprano. Compro un gramo de cocaína y me tomo la mitad en la primer esquina que veo. Ahora sí, se supone que el dolor de cabeza se me vaya, aunque siento las punzadas cada vez más enfurecidas. Camino rápido, sin rumbo. En principio quiero salir de aquí, aunque no tengo claro lo que haré después. Desayuno de campeones.
jueves, 19 de agosto de 2021
Dos amigos
Alfredo está sentado en la cocina preparándose un té de boldo. Son las cuatro de la tarde y el sol entra por la ventana calentando su rostro. Su mirada se pierde entre los remolinos de vapor que salen de su taza caliente. Los aromas lo envuelven todo, pero hay algo que no le deja disfrutar la quietud de la tarde. Quizás las manchas de la ventana que le recuerdan que se tiene que poner a limpiar toda la casa con urgencia. Mira hacia el suelo y ve las sombras que proyectan las migas de pan esparcidas por él, y alguna que otra hormiga le genera la sensación de que está siendo invadido por los insectos. Con el rostro apoyado entre sus brazos cruzados, cierra fuertemente los ojos. Alfredo tiene la sensación de haber vivido una situación similar. Está teniendo un 'déjà vu'. Pero por más que se esfuerza en recordar eso que no sabe muy bien de qué se trata, la nada es lo único que le viene a la mente. Siente como si le hubiesen robado algo. En su empeño de buscar aquello que se le escapa de los recuerdos visualiza una gran habitación. Pero ésta se encuentra totalmente desprovista de muebles. Las marcas en la alfombra y las paredes evidencian que alguna vez allí se encontraban emplazados un sillón, un velador de pie, un cuadro colgado y un candelabro. Evidentemente alguien se los había robado. Al igual que sus recuerdos, al igual que sus ganas de ponerse a limpiar, al igual que sus motivaciones.
De pronto entra Pedro, acababa de salir del baño y lo primero que se encuentra al volver a la cocina es a Alfredo que escondía la cabeza entre sus brazos.
-¿Y ahora qué te pasa?- pregunta Pedro a su compañero de piso, visiblemente desganado.
-Nada... qué se yo.. - suspira Alfredo con agobio.
-Yo sé lo que te pasa, estás aburrido. Yo también, estoy cansado de dar vueltas por la casa. ¿Y si nos vamos a caminar por ahí?
-No tengo ganas.
-Yo tampoco.-sentencia Pedro, dejándose caer en el sillón de dos cuerpos, haciendo despegar una nube de partículas de polvo que danza y se arremolina frente al haz de luz solar que entra por la ventana.
Los dos amigos se encontraban sumidos en un trance bastante particular. Su forma de vida se había modificado abruptamente desde que se decretó la cuarentena. Sus rutinas cotidianas se habían truncado de un momento para el otro. Alfredo había tenido que trasladar sus estudios al ámbito virtual, por lo que no requería asomar su cabeza al exterior casi para nada. Pedro no trabajaba. Antes de la cuarentena pintaba murales. Había dejado currículums con la esperanza de encontrar algo, pero con la excusa del virus los sueldos estaban cada vez más bajos. Si trabajaba no le alcanzaba para vivir, por lo tanto dejó de preocuparse por conseguir trabajo y se dedicaba a reptar de aquí para allá buscando quien le donara alimentos no perecederos para llenar la alacena.
Y así transcurría el tiempo para los amigos. Los días se sucedían uno tras del otro dejando una estela de polvo que lentamente se acumulaba sobre sus cejas y sus hombros, haciendo sus pasos más pesados. Alfredo seguía teniendo la sensación de que le robaban los muebles. De tanta ida y vuelta, Pedro había generado un surco en el suelo. Una trinchera de un metro de profundidad atravesaba la casa desde el baño hasta la cocina.
Un día, Alfredo suspirando se sienta en la cocina y amaga a apoyar sus brazos en la mesa, pero sigue de largo y casi termina cayendo de su silla. ¿Y la mesa? Cierra los ojos intentando recordar cómo estaban emplazados los muebles en su cocina. Estaba seguro de que allí faltaba algo, pero esa sensación le resultaba tan recurrente que ya hace tiempo había dejado de esforzarse por recordar. Su mente hacía un rápido recorrido por el lugar, pero por más que se empeñara la habitación siempre se le presentaba vacía. Esta vez no. No se iba a conformar con el resultado que le arrojaba su memoria maltrecha.
-Pedro!-llamó gritando a su amigo, que suponía se encontraba en el baño. No hubo respuesta. Alfredo miró a su alrededor, se levantó de su silla y se acostó en el suelo, dirigiendo su cabeza hacia el interior del pozo que había surcado su amigo.
-PEEEEEEDROOOOO!!!!-su grito retumbaba por las paredes del oscuro precipicio produciendo un eco que acrecentaba la sensación de vértigo. Silencio absoluto. Abrumado, Alfredo se puso de pie para luego desplomarse con desgano sobre su silla, pero su peso atravesó el aire haciendo que su trasero rebotara duramente contra el suelo, arrojándolo por el acantilado hacia el abismo.
Obituario
El 20 de Junio de 2008 fallece a los 78 años el Sr. Gregorio González. Le sobrevive su esposa la Sra. Rosa Alcira López, su hija Graciela, y sus nietos Gabriel, Diego, Rodrigo, Emanuel y Francisco. Su familia lamenta en el alma su partida en éste momento de mucho dolor.
El señor González nace el 25 de Mayo de 1930 en el pueblo de Coronel Suárez, provincia de Buenos Aires. Su padre Juan González sirve en el cuerpo de Policía y cae en cumplimiento del deber dejando a Aurora de González sola a cargo del infante y sus hermanos. Cuando Aurora fallece de causas no especificadas a la redacción de este obituario, el pequeño Gregorio de 9 meses de edad es adoptado por la familia Casadevan, compuesta por Pedro y Diolinda Casadevan, quienes lo crían junto a 2 hermanos: Juan Casadevan y Beatriz Monje.martes, 17 de agosto de 2021
Nosotros y Ustedes
Nosotros somos guiados por una fuerte convicción. A ustedes los guía la tradición.
Nosotros estamos convencidos de que las cosas pueden cambiar. En cambio, ustedes se aferran a sus anticuados valores. Nosotros tenemos un fuerte sentido de la fraternidad. Ustedes prefieren la ciega lealtad. Nosotros somos horizontales cuando ustedes se apilan de forma vertical. Nosotros somos críticos, ustedes fanáticos. Nosotros dialécticos, ustedes encubridores.
A nosotros nos complace el hecho de desaprender. Ustedes aborrecen admitir su derrota.
Nosotros somos respetuosos del otro. Ustedes desprecian a quien consideran inferior.
Nosotros creemos en la igualdad. Sin embargo ustedes abrazan la competencia.
Y si de meritocracia hablamos ustedes se creen reyes. Nosotros a su vez los consideramos el problema del mundo.
A ustedes les hace gracia la desgracia. Nosotros nos compadecemos del padeciente.
Ustedes creen en el orden. Nosotros en la justicia. Pero no creemos en la justicia impartida por ustedes. Nosotros tenemos fé en la balanza que sostienen las fuerzas naturales del mundo.
Ustedes serán arrasados por su avaricioso comportamiento. A nosotros nos mantendrá de pie nuestro espíritu de comunión.
Parece difícil, pero no imposible. Nosotros muertos inspiramos al mundo, ustedes vivos causan aberración.
Nosotros hacemos obras en los barrios mientras ustedes hacen pautas publicitarias.
Nosotros acompañamos a los trabajadores en sus reclamos. Ustedes los reprimen.
Quizás nosotros nunca ostentemos el poder. No estamos verdaderamente interesados en él. Por eso es que el poder les pertenece a ustedes. El poder es una invención de ustedes. Nosotros estamos en la búsqueda de algo que exceda su poder. Algo tan potente que será capaz de acaparar la atención de todos y cada uno de los habitantes del planeta. Nosotros buscamos el entendimiento entre las especies, cuando ustedes lo único que pretenden es la dominación por la fuerza.
Si no hay enemigo no existe la confrontación. Si no hay súbdito no hay líder. Sin esclavo no hay amo.
Ustedes apelan a la moral, la ética, las costumbres. A nosotros no nos preocupa la estructura que han tejido para justificar su modelo de vida.
Nosotros fluctuamos con el movimiento de las olas. Nos adaptamos. Evolucionamos. Ustedes luchan contra la marea. La atraviesan. La desplazan. Envejecen. Se extinguen.
Nosotros proponemos, ustedes imponen. Ustedes quieren dominarnos. Nosotros no los queremos para nada.
Queda claro entonces, de verdad espero que sí. No nos busquen, no nos molesten. Si es posible no nos dirijan nunca más la palabra. Nosotros nos quedaremos aquí. Ustedes pueden irse a Marte.
Y si alguna vez nos necesitan sáquense el traje espacial. Dejen la escafandra allí, las botas allá. Bajen de su nave y mézclense con nosotros. Conviértanse en nosotros. Ustedes y nosotros respiraremos el mismo aire, compartiremos los mismos padecimientos, recogeremos los mismos frutos y avanzaremos uno al lado del otro. Entonces es cuando ustedes nos concederán la victoria en ésta histórica contienda que tanto tiempo se han empeñado en mantener.
El Departamento Embrujado
Al llegar lo primero que llamó su atención fue la fachada. Manchas de humedad en la piedra pulida daban un aspecto decadente. Carlos dirigió su mirada al balcón del departamento 1, que daba a la calle. Adornado con estalactitas de musgo, un líquido verduzco goteaba sobre la vereda dejando una mancha que corroía las baldosas. Un viento helado hizo estremecer a Carlos, quien se apuró a buscar las llaves en su abrigo e ingresar al frío pasillo. En la penumbra pudo ver la amplia escalera de granito. Tanteó en la pared en busca del interruptor de luz. Qué extraño, recordaba que allí había uno, pero en ese momento no fue capaz de encontrarlo. ¿Cuántos años habían pasado de su última visita a su tía?
…
1996, la tía sonreía mientras guiaba a su pequeño sobrino de la mano. Mientras el pequeño Carlos apresuraba el paso en la escalera para acceder al número 1 la puerta de calle se cerró con un estrepitoso estruendo. Y la tía? Allí no había nadie. Se había quedado afuera. Las luces se apagaron. El pequeño Carlos se quedó parado, solo, en medio de aquella enorme escalera. Cuando se disponía a bajar, un picaporte produjo un chasquido y la luz del 1º se proyectó en el pasillo. Su tía lo llamaba desde lo alto para que se apure a entrar.
…
Y allí se encontraba nuevamente Carlos. En medio de esa oscura y amplia escalera de granito negro, se disponía nuevamente a ingresar al departamento de su tía. Pero esta vez sin la pesadumbre y desconfianza típica de la niñez.
Esta vez una sensación de libertad lo invadía. En el edificio no habían vecinos, y los dos pisos por encima estaban vacíos, según a él le constaba. Por fin podría embarcarse en esas interminables juergas con música a todo volumen e invitados indecorosos. Nadie podría decirle nada, ni siquiera sus padres señalarían el hecho de que ya estaba grande y debía salir a buscar trabajo.
Al abrir la puerta una tela de araña cayó sobre su rostro como un manto de fina seda. Apartándola con su brazo se refregó los ojos para descubrir la añeja habitación que le daba la bienvenida con un pesado aroma metálico. Apresuradamente encendió la luz para descubrir el estado de aquel espantoso lugar. El papel tapiz estaba desteñido y lleno de hongos, y la ventana por donde había saltado la tía Raquel estaba tapeada por destartaladas tablas de madera. Casi no existía superficie que se librara del espeso polvo. Carlos, agobiado por el trabajo que aquel departamento requería, comenzó a notar dificultad para respirar. Sin dudas había algo en aquel ambiente que le estaba afectando. Algo inseguro se dirigió hacia el baño. Es difícil explicar la sorpresa que se llevó al empujar la pesada puerta.
Su rostro ya no era su rostro. Era como si el barro hubiera derretido su retina, sus facciones, sus huesos y hasta el propio espejo. De pie frente a él se encontraba una demacrada y desproporcionada cara amorfa que lo miraba como ahogada en un grito desesperado. Ante la irreal pero tangible escena que allí sucedía Carlos sólo pudo huir despavorido. Sus brazos y piernas eran arrastrados por la urgencia de salir de allí. Dando tumbos y parcialmente enceguecido se dirigió hacia la salida. Pero la sensación de ser perseguido por ese rostro desgarrado se trasladó hacia delante cuando se topó con una figura de pie que le impedía la salida hacia la escalera. El cuerpo de una anciana decrépita de aspecto mortuorio lo observaba con una amplia sonrisa burlona de dientes podridos, sostenidos por un cuello retorcido y ennegrecido. Con movimientos antinaturales la figura se abalanzó hacia él, haciéndolo retroceder como una estampida a través de las antiguas maderas de la ventana que cedieron al primer contacto, precipitándolo con fuerza hacia el abismo.
miércoles, 9 de junio de 2021
Me voy a sacar la mochila. Hoy. Ya.
Quizás para quien no me conoce éstas líneas le pueden ser de utilidad. Mi nombre es Emanuel, tengo 29 años y soy papá de un maravilloso niño. Él es mi orgullo más grande. Por otro lado, siempre me consideré a mí mismo una buena persona. Bastante impulsivo, es cierto, pero generalmente actuando con la confianza de estar haciendo lo correcto. Trato de ser empático y atento con la gente que quiero, pero también tengo un gran instinto de autopreservación. Cuando las exigencias y las expectativas de los demás comienzan a pesar sobre los hombros de manera desmedida siempre termino por priorizar mi salud mental. Tengo muy claro que si no me ocupo de mi propia calma y bienestar muy difícilmente pueda hacer felíz a quienes me rodean. También tengo claro que no tengo que convencer a nadie ni explicarme con nadie que no quiera escuchar o comprenderme. Sencillamente porque no le debo nada a nadie. Siempre trato de dar todo lo que puedo, pero una pequeña parte de mí la guardo celosamente. Esa partecita es la que me hace ser quien soy y no estoy dispuesto a renunciar de ella.
Acepto que tengo una naturaleza inquieta y desafiante. Me da curiosidad ver qué sucedería si actuara de tal forma. Eso me hace impredecible y es una característica demasiado mía. No puedo estar haciendo lo mismo por demasiado tiempo. Tengo algo que me empuja a romper con la monotonía, lo acepto. Pero sinceramente lo hago sin malas intenciones. Aveces lamento herir sentimientos que me son depositados, y que quiero y que respeto, pero tienen que entender que necesito que se respete mi espacio y mi individualidad. La libertad es una condición muy importante para mí. Así como el compromiso, la lealtad y el amor.
martes, 20 de abril de 2021
Fahrenheit 451
Acabo de terminar el prólogo de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (publicado en 1953) y quedé tan maravillado que me dieron ganas de emitir una opinión al respecto.
Hasta antes de empezar a leer tenía poca información sobre de qué se trataba el libro. Sólo sabía que se trataba de un futuro distópico donde los bomberos en vez de sofocar incendios se dedicaban a quemar libros, para censurar la realidad que surgía del pasado e instaurar una nueva especie de régimen totalitario. Ahora bien, sin haber comenzado a leer ni una palabra más, tuve una serie de planteos filosóficos entorno a ésta idea de la quema de libros. Quién lee hoy por hoy, en el año 2021, un libro? Qué importancia tiene ya la tinta impresa en papel amontonada en unos estantes polvorientos? La tecnología podría reemplazarlos, pensé, salvo por el hecho de que ya se perdió la costumbre de leer para entretenernos. Hoy leemos para informarnos. Y qué efecto tiene a grandes rasgos, a qué consecuencias se atañe una sociedad que no lee, que no conoce, que no investiga?
Sobre todo eso pensaba. Hasta que más tarde me topé con un párrafo del final del prefacio de Fahrenheit que me terminó por confirmar mis temores:
"...Se refería a la posibilidad de quemar libros sin fósforos ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe…"
Así fué que llegué a una triste conclusión:
No queda ni un sólo libro en éste planeta.
